El jardín de Epicuro contra la política, la barbarie y la estupidez

Para sorpresa de nadie, la política, la barbarie y la estupidez ya existían en tiempos de Epicuro. Él fundó a las afueras de Atenas lo que denominó «El Jardín» (Kepos), una suerte de antítesis del bullicio del Ágora. Pero este texto no trata de historia, sino de pura actualidad.
Hemos vivido sin internet el 99.99% de la historia de la humanidad. Es decir, hemos pasado alrededor de 299,969 años reaccionando al sol, la lluvia, la caza y la siembra, para desarrollar un cerebro lo suficientemente complejo como para fabricar el dispositivo electrónico en el que ahora usted lee esta columna. Y, a pesar de ello, difícilmente podríamos recordar los días en los que forzosamente vivíamos desconectados, los días en los que nuestra red era de amigos y nuestra comunicación debía ser en persona.
El jardín sigue siendo necesario. Hoy, quizás más que nunca. Un lugar donde retirarnos de la vida social, de la pugna por las apariencias y de la constante presión de la productividad. Un espacio donde un hombre y una mujer puedan ser, sin más, aquello que auténticamente son. Este refugio no es un búnker solitario, no es la casa de un asceta, sino comunidad pura. Un espacio para compartir con la familia y los amigos sin preocuparse de la última guerra en estallar, el estado de las acciones en la bolsa o la presión latente del siguiente día laboral.
No somos máquinas. La productividad no es la medida de nuestro valor como personas. Cuánto ganamos no dice, ni determina, quiénes somos o quiénes podemos ser. Necesitamos un espacio para ello, un pequeño espacio para quitarnos la máscara y parar de fingir por cinco minutos. Para recordar que el resto de la vida en este mundo sigue allí y seguirá después de que nosotros hayamos partido; para recordar, quizá, el verdadero valor de una interacción auténtica.
En nuestra sociedad de velocidad y dopamina, el «aquí y ahora» es lo único que parece importar. Pero algunas decisiones requieren de la lentitud para madurar: un voto en la contienda electoral, una reforma legislativa, una sentencia, la celebración de un título universitario o un discreto logro personal. Morimos un poco mientras leemos esta columna. Y cuando todos seamos cadáveres en la fosa, no habrá diferencia entre los huesos de aquel que vivió, del que más trabajó, o del que más likes tenía. Volveremos a la tierra con los gusanos y las plantas, pero que no sea en vano; que no sea sin haber vivido.
El jardín no es solo un espacio físico, sino una idea; puede ser un amigo, una mascota, un libro, un hijo. Es un lugar, sin importar dónde se encuentre, en el que nos encontramos a nosotros mismos. Y nunca seremos mejores personas, ni mejores ciudadanos, que cuando habiendo meditado nuestros fines, elijamos conscientemente —no porque lo requiera la velocidad o la dopamina— sino porque es una decisión auténtica, una muestra de lo que somos y por qué vivimos.
La Xanthosoma sagittifolium es una planta curiosa que crece cerca de los cuerpos de agua en los bosques y zonas urbanas de Panamá. Se desarrolla lo mismo cerca de un río cristalino que de un basurero, si las condiciones de humedad lo permiten. El gran tamaño de sus hojas la hace atractiva para el diseño de jardines exóticos, pues transporta a quien la ve de regreso a la naturaleza. A veces es ornamento y a veces es maleza; para mí, es el vivo recuerdo de que las grandes cosas toman tiempo y crecen en silencio. Es el recordatorio de que, a veces, detenerse a vivir es lo único que cuenta.
Epicuro no fundó una escuela filosófica, sino un espacio para vivir en comunidad. Su jardín no eran sus plantas, sino el espíritu libre de las personas que crecen y florecen en la calma y la reflexión, lejos del apuro y del sufrimiento de querer mostrar a los demás algo que no somos.