Libros escolares, el negociado de siempre

Como cada año, el regreso a clases implica para los padres de familia una inversión necesaria pero dolorosa. Independientemente del estrato económico, parece que una vez más todos quedaremos frente a una caja registradora. No es que la educación de los niños sea un sacrificio que los tacaños se niegan a apreciar; es que se trata de una necesidad vilmente explotada so pretexto de una educación que no tiene la calidad por la que se paga.
La clase media de este país (si es que tal entidad mitológica existe) no puede ser sacrificada en el altar del bienestar colectivo cada mes, bajo la excusa de beneficios sociales que no llegan; bajo la excusa de una solidaridad que solo se impone a algunos mientras otros disfrutan de exenciones fiscales. Sectores enteros de la economía chupan la sangre restante de aquellos que pagan la educación, vivienda y alimentación de sus familias.
Las escuelas, y en general cualquier negocio, deben guiarse por estándares éticos. Estos principios que parecen básicos separan LA ESCUELA de “la escuela”; es decir, separan a los verdaderos centros de enseñanza de los centros de acreditación, donde solo se va a pasar el año. La ética es importante en los negocios porque previene, sin requerir de abogados, las injusticias que el sistema no percibe como graves, pero que deforman profundamente el espacio social. Allí donde hay ética, hay gremios sólidos de comerciantes capaces de acuerparse para competir justamente y ofrecer un producto de calidad. Todo lo que se aleje de eso es una patente de corso para la corrupción, la mediocridad y la injusticia.
Cualquier padre enfrentaría gustoso el sacrificio de un mejor futuro para su hijo si dicho esfuerzo estuviera acompañado de la garantía de un aprendizaje constructivo, la interiorización de un sentimiento de propiedad respecto a lo aprendido y un valor efectivo material, psicológico, social o académico para la formación personal del estudiante.
El problema es que si al leer esos libros tan caros que piden las escuelas yo encuentro errores de todo tipo, solo puedo entender que a mi hijo se le está enseñando mal. Estar mal informado en la era de la información tiene penosas consecuencias a largo plazo, ya ni se diga para aquellos que están creciendo para competir con la IA.
Pagar por educación de mala calidad (ojo aquí a las universidades privadas sin supervisión) en un país profundamente desigual, corrupto y empobrecido, trae como consecuencia que, en cualquier instancia de la vida, uno como padre o profesional deba tomar una decisión: o vive (en el sentido pleno) o estudia, pero no ambos.
Si los padres deben privarse por sus hijos, ¿acaso no es justo que dicho sacrificio valga la pena? ¿Estamos formando para mañana o para un tiempo que ya expiró? Si hemos de pararnos una vez más frente a la caja registradora y pagar el resto del año donaciones, actividades y demás objetos que a veces terminan en el bolsillo de la escuela o del maestro, ¿acaso lo mínimo que deberíamos recibir no es que nuestro hijo sea competente para la vida?
La educación es un negocio. Todos lo sabemos. Podemos lidiar con eso, como lidiaron con ello nuestros padres y todas las generaciones previas; aunque sea un elevador roto que reproduzca esquemas de desigualdad, concentre las oportunidades y las posiciones de poder entre compañeros de algunas instituciones de élite. Pero sigue siendo el motor más poderoso de movilidad social; por ende, el más difícil de ignorar y el que más atención requiere. ¿Nuestros hijos están recibiendo la educación que necesitan o la que podemos pagar?
Si debo pagar por un libro escolar, no quiero que reproduzca los viejos dogmas, los sesgos y las carencias intelectuales de su creador. Que no se venda a un precio inflado para hacer rico a un par de señores cuyo menor interés es estudiar y, por qué no, que sirva para algo más que inflar los costes de la educación de calidad.