Erística y Dialéctica, para futuros abogados

El problema de la argumentación en el derecho tiende a ser, en sí mismo, el problema de la verdad. En el teatro del sistema judicial panameño, donde se debaten destinos y se definen patrimonios, cada argumento es un paso hacia un fin.
Pero, ¿cuál es ese fin? ¿Es la victoria a toda costa, o es la búsqueda de la justicia a través de la verdad? Esta pregunta nos sitúa ante dos caminos ancestrales y radicalmente opuestos en el arte de la argumentación: la dialéctica y la erística.
Los Dos Caminos del Argumento
1. La Vía Erística: El Arte de Vencer
La erística, popularizada por los sofistas en la Antigua Grecia, es la técnica de la disputa. Su único objetivo es la refutación del argumento contrario para demostrar el error del adversario y alcanzar la victoria en el debate. No busca la verdad y, por lo tanto, no busca la sabiduría ni la justicia. La discusión, desde esta perspectiva, es en sí misma estéril.
Platón consideraba que el estilo erístico "no constituye un método de argumentación", ya que implica el uso consciente de argumentos falaces para debilitar la posición contraria. Es la razón por la fuerza (argumentum ad baculum), una finalidad egoísta que, al no buscar la verdad, jamás podrá dar a luz la justicia.
2. La Vía Dialéctica: La Búsqueda de la Verdad
En contraposición, la dialéctica es una forma racional de búsqueda de la verdad. En ella, se contraponen diferentes argumentos y pruebas, confrontándolos para extraer de la controversia la mejor verdad posible, o la única verdad posible. Su fin es trascendental: entender, clarificar y, en última instancia, acercarse a lo justo.
La Práctica del Derecho: Una Selva Oscura
La práctica del derecho se asemeja a una selva oscura. No por la falta de luz, sino por la opacidad de las verdades que en ella se hallan. En este terreno, el abogado se enfrenta constantemente a la tentación de la vía erística. Ciertamente, ante un público no versado, la verdad puede tener muchos matices, pero la mentira tiene contrastes y apariencias de verdad.
Aquí es donde reside la responsabilidad fundamental del jurista. El argumento de los futuros abogados no debe jamás ser el de meramente convencer —aunque de ello se trate el juicio—, sino el de demostrar la verdad.
El Privilegio y la Carga del Abogado
El abogado ocupa una posición única y de una responsabilidad inmensa, muy superior a la del juez en un aspecto crucial. El juez solo puede decidir bajo el manto de un criterio viciado por el alcance de las pruebas presentadas en un proceso; su visión es, por tanto, ciertamente limitada.
El abogado, en cambio, tiene la posibilidad de conocer la totalidad de la verdad que se cierne sobre los hechos, sean estos defendidos falsos o no. Este conocimiento privilegiado lo convierte en un verdadero regulador de los conflictos humanos. Si bien es probable que en algún caso nos veamos comprometidos con el deber de defender la falsedad, no debemos hacerlo ante causas criminales y por fines puramente monetarios.
Un Llamado a los Futuros Abogados de Panamá
Replantear la visión de justicia, de verdad y de derecho en los jóvenes abogados es un trabajo que está más allá de los profesores; es un deber tanto del futuro jurista en sí, como del gremio, cuyos valores morales han sido duramente criticados en estos últimos años.
El deber efectivo de los futuros abogados panameños es el de restablecer la fe en esta noble carrera y enaltecer la justicia panameña, en pro de una sociedad cuya urgencia de valores reales es cada vez más apremiante. Es un deber del abogado no ser un instrumento político más, porque los abogados somos la medida de nuestras instituciones, y estarán ellas tan corruptas como nosotros, siempre que así lo permitamos.
Es un deber para todo buen abogado fijarse en el bolsillo roto de un necesitado y ser consciente de las injusticias. Porque para el buen abogado, el porvenir está ya asegurado, pero para la víctima de la injusticia —o lo que es lo mismo, de la justicia mal administrada—, puede que no haya un mañana más allá del litigio.