Sobre la situación laboral de los jóvenes universitarios

Los tiempos en los que un título universitario aseguraba una vida estable y cómoda han terminado hace mucho. De aquello no queda sino un buen recuerdo y la nostalgia de algo que ya no volverá. Parece casi paradójico que la ampliación de la cobertura educativa viniera de la mano con su baja calidad.
Qué hemos hecho mal? Escuelas, academias, institutos y universidades parecen meras empresas antes que espacios para la academia, y no hacen más que graduar a toda velocidad a cualquiera con el suficiente dinero para pagar.
Nuestro sistema educativo no está hecho para premiar la excepcionalidad, sino todo lo contrario: la castiga. Las buenas y las malas manzanas caen en el mismo cesto al final de la línea de producción. Un puntaje determina quién puede estudiar qué carrera y dónde. Endeudarse para estudiar no vale la pena; el retorno de la inversión en ciertas profesiones es bajísimo. El mérito está en tercer lugar, después del compadrazgo y el privilegio. ¿Cómo podemos exigir el mejor rendimiento académico de una generación que debe conformarse con lo que le toca?
El problema está en todos lados, no solo en las aulas. Algunos campos están saturados de "profesionales jurásicos", mientras que otros están secuestrados por gremios caníbales que no quieren soltar ni un milímetro de espacio laboral. Aquí es donde un panameño se convierte en el peor enemigo de otro panameño. Aquellos graduados de carreras interdisciplinarias deben vivir con un proyecto de vida incompleto, gracias a que otros profesionales pueden ejercer sus funciones, lo que implica un menor campo laboral para los graduados de esa misma carrera, dejando su diploma como un mero adorno para la pared. ¿No es este un caso de estudio de lo más peculiar?
El emprendimiento parece un lujo. Pobres y sin la educación suficiente, la suerte de un proyecto se reduce a "echarle ganas". Aquí, el darwinismo social es la excusa de los privilegiados para presumir su éxito, aunque este sea más gracias a las empresas de papi y mami. "No te esfuerzas lo suficiente, es que eres vago, perezoso...", es el eslogan de quienes enseñan a emprender desde la ventaja, desde las conexiones sociales de los colegios de alcurnia, desde los juegos de pádel... Y lo gracioso, si no trágico, de todo esto, es que nos lo creemos.
Queremos más estudiantes graduados de ciencias duras y computacionales, pero los cupos no dan. Son un cuello de botella en el desarrollo de la ciencia en el país. Las humanidades, en este país volcado al mercantilismo, no valen nada y sus aulas están vacías. Sobran los profesionales liberales, cada uno bajando un poco más lo que cobra por sus honorarios hasta llegar al ridículo.
Nadie se jubila para no empeorar su calidad de vida; en consecuencia, no se desocupan nuevas plazas de trabajo. Las que quedan son en extremo mal pagadas y las buenas ya tienen nombre y apellido; las entrevistas son un ejercicio ficticio para disimular una realidad dolorosa de nuestra sociedad.
Ahora la Inteligencia Artificial le pisa los talones a los recién graduados. La vida de los que empiezan se acaba de hacer más difícil y, ante esta situación, la brecha que separa a los más y menos favorecidos se ensancha hasta hacer ver el Canal de Panamá como una línea diminuta en nuestro mapa.
Las clases sociales siempre han existido y no desaparecerán jamás. No todos deben ser iguales, pero sí tienen derecho a tener iguales oportunidades. A no empezar la carrera de la vida 100 metros más atrás. Algún día, esos hijos del privilegio heredarán el país que sus padres diseñaron a medida. Y si nada cambia, no solo heredarán las empresas y los apellidos, sino también la certeza de que, para el resto de nosotros, el mérito seguirá siendo un cuento de hadas para dormir a los pobres.