El respeto que nos debemos en las aulas universitarias y escolares

La universidad es un espacio natural para el debate, no es que allí pueda darse, sino que tiene que darse necesariamente, pues la única forma de desarrollar el pensamiento crítico es naturalmente ejercitándolo.
No obstante, una muestra igualmente válida de inteligencia es mostrar respeto y decoro por el interlocutor. La comunidad universitaria merece respetarse mutuamente, independientemente de las credenciales o los títulos, en principio porque unos son funcionarios públicos pagados con dineros del Estado y porque, por otra parte, los otros acuden a aprender y ser guiados. Tanto estudiantes como profesores deben acudir a las aulas con una actitud mental dispuesta y abierta al debate respetuoso.
Los tiempos en los que se educaba con regaños, epítetos, humillaciones u otras morisquetas han quedado atrás y quienes aún se guían por estas prácticas son claramente reliquias que se han quedado atrapadas en un tiempo que ya expiró. Ningún estudiante acude a una cátedra para que le formen el carácter, ni para que le enseñen a tolerar el maltrato, mucho menos para que lo expongan o lo insulten. Este es el siglo XXI y ya no aceptamos esas prácticas. No solo es antiético proceder de esta manera, sino que vulnera la más básica dignidad humana
A los profesores se les respeta y se les quiere naturalmente cuando saben enseñar con bondad y honestidad intelectual. No se les pide que regalen nada, ni que bajen el nivel, se les pide enseñar con la actitud mental que necesariamente exige su cargo. Quien no pueda hacer esto simplemente no sirve para enseñar. Para ser profesor no bastan meramente las credenciales, lastimosamente falta también mucho carisma y paciencia, pues lidiar con otros seres humanos en su proceso de aprendizaje no es fácil y es un trabajo que quizás nunca se recompensa suficiente.
Por otro lado, es una pena que existan profesores que valiéndose de una cátedra o de un nombramiento se sirvan de su posición para comportarse como verdaderos tiranos, dejando en evidencia con claridad que pese a conocer los derechos no los respetan. No es digno de un académico humillar a sus estudiantes, máxime tratándose de una institución pública donde las personas acuden por necesidad y partiendo de vivencias harto desiguales. Igualmente, bajo es obligarles a comprar libros propios o a pagar congresos como soborno para tener una nota, como si no fuera ya suficiente con tolerar el histrionismo de los peores.
Esto no es un hecho aislado de la universidad, también en la escuela los profesores pueden ser quienes acosan a los estudiantes, desviándose de su preciado deber de instruir. Esta y otras situaciones pararán el día que los estudiantes empiecen a denunciar y se entienda de una vez por todas lo que no está bien. Cuando se deje de aceptar, tolerar y transigir la falta de respeto por parte de autoridades que no desempeñan bien ni sus funciones académicas, ni éticas, pues ningún estudiante puede aprender bajo un ambiente hostil.
Las dinámicas de poder que tejen las tramas de nuestras sociedades no son ajenas a la universidad como observa Pierre Bourdieu en su Homo academicus. No obstante, la etapa universitaria es una de las más bellas experiencias que experimenta un profesional en su vida, de ella surgen lazos fraternales y recuerdos valiosos que le acompañarán de por vida. De ella surgen los modelos profesionales que algunos usan para guiarse como profesionales. No es un lugar para vivir en temor, ni en constante alerta. No es un espacio para el acoso, ni la exhibición, ni los chistes crueles, ni la discriminación, ni el aislamiento, ni las comparaciones maliciosas. Se va a aprender, a razonar, a integrarse con la sociedad, a construir comunidad y sentido de patria. Y todo lo que no pertenezca allí, ni esté dispuesto a congeniar con dichas ideas, debe ser desterrado.