Medir a un parlamento

Medir a los diputados por el número de leyes que aprueban es un error. Implica simplificar el trabajo político en aras de la cuantificación numérica y, de paso, deforma el sistema mismo, pues impulsa a los parlamentarios a presentar proyectos solo por cumplir una estadística.
Aspectos políticos clave que también deben ser considerados son dejados en segundo plano por la cuantificación; por ejemplo, el análisis de la complejidad de los proyectos, el espacio que ocupan en el espectro político, la representatividad que dan a sus comunidades o la facilidad con la que se les puede contactar.
El número de leyes está lejos de ser un indicador de calidad. Incluso puede ser que la abundancia de propuestas, o la ausencia de ellas, funcione al final como síntoma de un problema mayor.
Si el debate político está condicionado a magnitudes y volúmenes de evaluación que ignoran la política, ¿cómo podemos esperar que se haga buena política? ¿Será acaso que debemos reformar nuestros métodos de medición para incentivar otros valores en la escena política? ¿Y si, en lugar de medir productividad, medimos coherencia?
La producción nos lleva a la abundancia de proyectos, pero la coherencia nos exige evaluar, a su vez, las acciones y el discurso político. ¿No es un indicador más saludable de bienestar democrático tener mejores debates que un mayor número de leyes? Después de todo, el sistema legal se satura (si es que ya no lo está).
El criterio de productividad que domina el pensamiento contemporáneo, donde todo se debe medir, calcular y proyectar para ser puesto en gráficos de barras, pone sobre la mesa nuestra falta de profundidad ante las cosas. Esta idea de medición actúa como una ilusión de conocimiento, como cuando googleamos sobre un tema o pedimos a la IA que nos dé la respuesta. En apariencia, sabemos el estado del sistema legislativo por su productividad, pero en la realidad estamos lejos de conocer su verdadero funcionamiento. Los criterios que usamos, al menos en medios como periódicos y redes sociales, son por lo general banales, y esto se debe a que no pueden abordar —no tienen el recurso ni el formato suficiente— un análisis completo de la situación. Es posible que nuestra idea de la política sea guiada, en parte, por el espejismo de una cuantificación huérfana, alejada de la realidad e incapaz de explicar los fenómenos políticos que acontecen en nuestras narices.
Una política exprés, que se empaqueta, distribuye y consume para llevar; que subvierte la ideología política y la transforma en ideología de consumo. Así son estos tipos de análisis. El debate político, por su lado, requiere un tipo de esfuerzo que ya pocos quieren hacer, no por falta de voluntad, sino por costumbre. Los medios digitales han adormecido nuestra mente para acostumbrarla a modelos de consumo de minutos. Dedicar tiempo a leer, reflexionar y debatir un asunto resulta hoy un esfuerzo mayúsculo que requiere de una buena causa para ser iniciado.
Con los datos, los criterios y los hechos masticados y regurgitados en nuestras cabezas, adoptamos posturas preconstruidas como trajes en una fábrica china. La diferencia, la individualidad de pensamiento, se ha convertido en un evento raro y aislado. La política ha pasado de ser algo que se hace, a algo que ya está producido. Las posturas se adoptan, las ideologías se representan y los partidos se agrupan. Pero la política ya no se hace. Se hace la democracia sin política. Se escogen presidentes, diputados y alcaldes al mejor postor. El debate ha sido reemplazado por el espectáculo y, con ello, el discurso por mero postureo. La simulación de la política es hoy un hecho. Se escogen autoridades en sistemas democráticos donde las personas no quieren votar más allá de un beneficio económico percibido. ¿Es acaso decepción del sistema político? ¿Es decepción de la clase política? ¿Qué valores han abandonado nuestra sociedad para que ya la política no se haga?
La medición de los parlamentos con meras estadísticas nos lleva a una idea errónea sobre la cual debemos reflexionar. Es aquí donde espacios académicos como las Ciencias Políticas, la Sociología, la Antropología, la Ecología Política y la Filosofía encuentran un espacio para dar sentido a dimensiones del fenómeno político que no pueden ser explicadas desde los números, ni desde las leyes. Si bien podemos conocer el número de normas y el procedimiento de su aprobación, el trasfondo político requiere de un análisis con un carácter diferente para determinar la verdadera raíz de la situación.